Republicanismo y Nueva Ordenación Jurídica

Lunes, 27 de julio de 2015

Derecho Político

 

Republicanismo  y Nueva Ordenación Jurídica

 

Autor: Pablo Rossi*

Republicanismo popular. La tarea monumental de las fuerzas políticas que se dicen republicanas, no muchas veces comprendida en toda su dimensión cuando llega el turno de una contienda electoral, es la de desmantelar el populismo subyacente en todos los planos de la sociedad ?no solo el económico- incrustado como una tara cultural, como un virus siempre latente para activarse y socavar las instituciones de una democracia representativa.

Si se entiende esto, el primer paso inteligente es no dar por superado ningún ciclo populista aun cuando su manifestación partidaria coyuntural haya sido derrotada contundentemente  en las urnas. Porque lo primero que hay que preguntarse, después de un extenso período de populismo explícito en el poder, es cuán contaminada queda la sociedad y sus actores públicos y privados. Cuánto de su núcleo conceptual sobrevive en distintas dosis inadvertidas o subestimadas en el nuevo gobierno, en las nuevas postulaciones y las alianzas de poder que se alzan con la victoria y hasta en cada uno de sus nuevos seguidores.

Aunque el vencedor y sus aliados hayan sido los más feroces adversarios discursivos, los más anti populistas en la vidriera de ofertas electorales. ¿Por qué? Porque esa desconfianza racional permitirá el primer paso de un republicanismo serio, no impostado: la vigilancia activa y la participación ciudadana para el control del poder y el autogobierno. Elemental acto para no regalar cheques en blanco a ningún salvador de la Patria camuflado.

El segundo paso debe ser rastrear el eslabón perdido de una cadena que nos devuelva tracción hacia un ?desarrollo sostenido?, palabras bonitas, harto manoseadas para describir recetas estériles, siempre parciales, porfiadamente economicistas y finalmente vaciadas de sentido. ¿Por qué? Porque no hay ni habrá sostén, estructura, solidez que permita continuidad y mínima previsibilidad sin un profundo acuerdo social básico que lo avale.

La construcción y formulación de un nuevo Nunca Más, pero al populismo como fenómenos cultural corrosivo y condenatorio de nuestras chances de progreso social y económico se torna imprescindible.

Hablo del populismo como un agente patológico, convertido en pandemia colectiva de portadores heterogéneos  y no solo un sinónimo peyorativo  aplicable como un chivo expiatorio a un líder, a un partido político en especial o a una determinada ideología.

El populismo, encarnado potencialmente en cualquiera de nosotros, en una formulación retórica tramposa que vuelve vicioso al pueblo que dice comprender y representar. Lo abarca, lo asiste, lo llena de indulgencias y de dádivas, le propone recetas ideológicas a la izquierda o a la derecha, lo convence sobre un destino preconcebido, le arma un dios pagano para adorar y le construye un enemigo rotativo para odiar, le vende una visa simplificada como remedio de sus males que culmina siempre envenenada por sus propios inviables ingredientes. Porque mientras el populismo convoca al pueblo amontonando como fuerza, a la vez lo inmoviliza quitándole el incomparable desafío de la libertad, el derecho humano innegociable de la individualidad creativa, la sal de la vida aplicada al riesgo persona, a la dignidad del trabajo productivo real y a la elección de su destino sin tutores ni patrones que hagan caridad. Lo convierte en un zombi rencoroso que siempre busca una razón ajena para su fracaso propio, lo transforma en un odiador serial que vive dando batallas estériles en una guerra permanente que lo empobrece como ser humano, mientras llena de riqueza a sus generales.

ENTIERRO DEL POPULISMO

Porque el populismo es una tara colectiva, precisa un esfuerzo colectivo para reconstruir las preguntas pertinentes y saldar las respuestas más difíciles.

¿Cómo reeducar al ciudadano en el ejercicio de su propia libertad para que ésta no se convierta en una carga imposible de sostener? ¿Cómo devolver la esperanza a una sociedad hipnotizada por ilusiones prebendarias, aturdida por el vendaval de pasiones y de divisiones desatado por el populismo durante largos años?

¿Cómo reconstruir una educación de verdadera calidad? Que rearme escalas de valores perdidas, que devuelva la aspiración de vivir en torno a la ley como principal garantía de equidad, que incite a la búsqueda de la excelencia sin falces igualitarismos que masifican la mediocridad, que priorice el premio al esfuerzo genuino, a la cultura de la innovación y el riesgo personal, a la competencia con reglas equitativas.

Como vemos, las respuestas son bien complejas porque las preguntas no son fáciles. Es evidente que exceden largamente la lógica de un proceso electoral común afrontado como una disputa de figuritas carismáticas con un programa de gobierno concentrado en lo económico.

El mapa de reconstrucción de la trama social duplica en alcance y en profundidad el lugar común del fin de ciclo, los eslóganes demagógicos, las frases oportunistas y la idea general de sanear una economía diezmada por el despilfarro y la corrupción abusiva en el manejo de los fondos públicos.

Lo que tenemos frente a nosotros es la imperiosa necesidad de un cambio de cultura y de régimen, cuyo primer pero insuficiente  paso es, claro está, el cambio de gobierno.

Pero a ese comienzo formal de un nuevo tiempo político hay que acompañarlo con gestos paradigmáticos que muestren a la sociedad las huellas de una bisagra en la historia. Tal como ocurrió con el conceso que acompañó al Nunca Más original y pionero contra el terrorismo de Estado y contra cualquier forma de violencia política. Aquel paso fundacional no tuvo la grandilocuencia de los acuerdo pomposos, siempre invocados y nunca conseguidos por políticos que no ven más allá de las narices de sus egos; incapaces de ceder lo propio para construir lo colectivo y enamorados del destino manifiesto que creen encarnar.

El Nunca Más de los albores de nuestra democracia fue un contrato social firmado imaginariamente a partir del inventario del horror reconocido por un grupo argentinos y cierto mea culpa sigiloso que se viralizó transversalmente por las conciencias de millones de ciudadanos. Pero aquel balance demoledor fue acompañado por una revolución de gestos cívicos genuinos que mostraban la veracidad de las intenciones pacificadoras y portadoras de una justicia sin venganza. Las contramarchas políticas y las dificultades judiciales posteriores no modificaron el convencimiento social acerca de la decisión irrevocable. No repetir jamás esa orgía de crímenes y de torturas.

Un cambio histórico de esa magnitud no se logra repitiendo recetas que fracasaron. Porque también hay que decir que por más de setenta años, una de las mayores ventajas del populismo autoritario ha sido tener como rival a un republicanismo bobo y sin arraigo popular, sea por falta de autenticidad, decisión o inteligencia. Una maqueta de las mejores intenciones cívicas armada con palabras huérfanas de representación, sin la revolución del ejemplo ni el contagio de la acción. ¿De qué sirve recitar republicanismo fácil en televisión, ?el deber ser? de una Nación, si la práctica de sus oradores es igual o peor que la de los populistas señalados con  el dedo acusador.

El republicanismo bobo muchas veces fue también la astuta trama, el disfraz de sectores dominantes o factores de poder minoritarios para justificar esquemas políticos y económicos funcionales que protegieran sus intereses parciales, a espaldas de un pueblo al que despreciaron bordeando la xenofobia. Esas fueron estafas  proporcionales al populismo, tan dañinas para la democracia como su oponente. Porque su miopía terminaba estrellada en cada nueva crisis social y económica capitalizada por los demagogos reciclados.

Siempre será más fácil  y tentador seducir y emocionar al Pueblo que construir pacientemente y ayudar a constatar la virtud de una República. Lo primero cuesta poco, engrandece el ego, ofrece gloria y poder personal combinado con acceso a riqueza material. Lo segundo requiere sacrificio individual, visión de estratega, desprendimiento material y capacidad e inteligencia emocional para entender al poder como tributo compartido.

El Populismo enferma. Porque se nutre de dosis narcotizantes e ilimitadas de ambición y mesianismo. Le verdadera República sana. Porque requiere autocontrol sobre la tentación de perpetuidad y vocación humilde de esclavitud ante la ley.

Un populista debe ser naturalmente autoritario. Un republicano tiene que liderar desde la virtud personal, desde el ejemplo que contagia valores y persuade.

Pero, vale decirlo, el populismo aventaja al republicanismo por ser casi una pulsión natural e íntima del ser humano.

La república es una construcción racional del hombre moderno que persigue un equilibrio de poderes siempre inestable e imperfecto. El populismo es una pulsión emocional e irracional que se adhiere a los temores y a las carencias más básicas del hombre. La república, por el contrario, es una tarea abstracta, permanente e inacabada que se decide emprender con fuerza de voluntad asociativa en búsqueda del autogobierno participativo y equilibrado.

Hacer de la república una causa con consenso popular es, quizás, el eslabón perdido de nuestra maltrecha democracia. El salto cualitativo que nunca dimos y nos debemos. Así como a su tiempo nuestros ancestros lucharon por la libertad y la independencia o nuestros padres y abuelos por la consolidación del espacio democrático, tal vez nuestra ímproba labor colectiva para las generaciones futuras sea encarnar como sistema, definitivamente y sin retrocesos, el nombre completo de la tierra en que nacimos: la República Argentina.

Por todo lo argumentado en este alegato, cierro tomando prestadas las palabras ajenas que laguna vez nosotros para soñar con el destino propio ?

¡Argentinos!, digamos de una vez y para siempre al populismo?

¡Nunca Más!

 

*PERIODISTA. Autor de ?Populismo, Nunca Más- Alegato por la República? (El Emporio Ediciones).

 R. Noticias. Buenos Aires- Argentina. Autorizado para esta Revista Judicial.

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