Ética, poder y derechos humanos

Jueves, 24 de noviembre de 2005

 

 

 

Ética, poder y derechos humanos

 

Por: Dr. Javier de la Torre Prado
Director Nacional de Recursos Constitucionales de la Defensoría del Pueblo

 

EL ESTUDIO DE LA ÉTICA, AL QUE PRETENDEMOS ACERCARNOS, se ha ido consolidando a través de los parámetros de los siempre entendiblemente fácil, que nace de la pregunta «qué hacer», y me refiero al hacer en determinado tiempo y lugar, cuando éste se refiere a categorías de índole moral y preceptos que representan tanto a las necesidades del hombre como de la sociedad en un momento específico. Estas categorías involucran el principio de «necesidad»; el hecho de vivir, de ser, de tener una corporalidad que crea y destruye, que se agita y sucumbe, unida en un tiempo que a la vez que limita, posibilita el tránsito a las futuras necesidades que se gestan minuto a minuto en ese raro don de un actuar y un pensar congruente.

Esta dialéctica trae como consecuencia el hecho de que el poder se exprese en el más mínimo espacio de la existencia en el tiempo, del ahora, y se subdivide en una antítesis de la búsqueda del más allá, vale decir la trascendencia después de la muerte y la existencia de las formas productivas que se irán articulando en los momentos subsiguientes como necesidades específicas de la sociedad del futuro.

El poder y el hombre

El poder y el hombre tienen una capacidad de reflejo a cada instante; el desciframiento del poder necesariamente trae, como consecuencia ineludible, el entendimiento de lo que puede ser necesario e innecesario, bajo un esquema lógico limitante, de un pensamiento que se ha desenvuelto con verdaderas formas que encubren y se engañan bajo parámetros de existencia. Lo que de hecho define la comprensión de la realidad y del hombre es aquello de descifrar los juegos del poder, bajo el entendido de la apariencia en que el poder se articula, que necesariamente se sirve del hombre en una afirmación síquica para apuntalar la sociedad, hecho que siendo dialéctico, trasciende al método, a la vez que lo perfecciona; de ahí que el llamado entendimiento reflexológico entre hombre y realidad no se articula jamás en una relación directa y matemática, sino que crea formas accesorias que determinan la naturaleza de la fuerza, en la manifestación del Estado, e incluso en la comprensión de éste y sus ramificaciones hasta el hombre, que fijan velado contrasentido.

Gombrrich decía que: «No hay pueblo, no hay nadie, que cuando se trate de esconderse del enemigo se ponga delante del árbol y no detrás de él».

Para que se cumpla lo que nos dice el autor citado, se debe tomar en consideración conceptos universales en los cuales se articula la ética, basados en presupuestos que se mueven dentro de cualquier organización social, que no diferencia ni lo antiguo ni lo moderno, ni lo primitivo ni lo ultra sofisticado, ni lo salvaje ni lo civilizado; jamás podrá decirse como valoraciones positivas, que ciertos valores puedan tener una antítesis que lo sobrepase, de ahí que no se podrá afirmar que la cobardía es mejor que el valor, que la avaricia es mejor que la generosidad, y así podríamos determinar tipos de conducta que privilegien a otras hasta el infinito; no existe valoración ética positiva para aquello que significa disminución de la fuerza y de la plenitud vital; nadie miente por fuerza, se miente por debilidad, nadie es avaro porque se siente seguro de sí mismo y fuerte, se es avaro porque se quiere acumular cosas que salven del vacío o del pánico; nadie es cobarde o huye por valor.

De lo anterior deviene una relación directa de la virtud con la fuerza, la debilidad nace de un condicionamiento de una actitud mal vista.

La ética

La ética, de acuerdo a la comprensión de los procesos valorativos y de las necesidades, se aplica a todo grupo social, de ahí que puede haber una ética para la tribu, para los parientes, etc. Puede resquebrajarse cuando se afinca en otros con los que no tenemos obligación alguna.

El referente humano de la ética se dio en especial en Grecia con el helenismo, para seguir su tránsito al cristianismo; cuando se determina el hecho de que los seres humanos son exclusivamente humanos, no en cuanto a la forma sino antes bien a la esencia que de ellos emana, independientemente de los prolegómenos de carácter religioso, político, artístico, etc., la esencia de lo humano condiciona a la palabra «humanidad».

Mark Twain, en uno de sus relatos, dijo: «No me importa que un hombre sea blanco, negro, judío, homosexual, comunista, me basta con saber que es un hombre». Bajo la antedicha premisa, para bien o para mal nadie puede ser peor que su condición de «ser humano».

En el decurrir de esta temporalidad, que se enmarca entre el «ser» y el «no ser», temporalidad que lleva implícita la materia como tal, que fijan nuestra identificación como humano, bajo el principio de una esencia común, la ilusión de la inmortalidad se hace presente por lo que hacemos o dejamos de hacer, condicionado ello al tiempo en que nos es dado vivir.

Es importante señalar que la esencia del humano no se da en otra especie que no sea ésta; de ahí que nazca como una incongruencia en visos «ecologistas» el que se hable de una ética para los animales o para las plantas; este ecologismo trasnochado no entiende que solo el hombre tiene la condición de sentir su temporalidad y su muerte, el hombre tiene la certeza de la muerte, y para ello eleva un proceso de conciencia que no se aplica a otra forma de vida; a diferencia de las plantas o de los animales, no muere, sabe que está muriendo.

Pero la conjunción de la ética bajo el entendimiento de nuestra esencia humana, participa de la cesión de la individualidad, en la medida de la existencia de los otros seres humanos; sin ellos, seríamos cualquier cosa menos hombres; y esta cesión va dirigida en el concepto de una ética de pertenencia a un conglomerado, a una visión universal o a la minúscula posición que pueden tener ciertos grupos humanos de adherirse a postulados de linaje.

De la jerarquía del poder o del pedazo del poder que les toca en el reparto dado; se corre el riesgo de que este poder disfrazado en la necesidad de otros grupos sociales se fije atavismos, como el racismo, la nacionalidad en privilegio, que ha llegado a los más crueles genocidios, incluso el que actualmente vivimos que no se levanta por la destrucción física directa, sino por un proceso lento de hambre y saqueo.

El hombre es sociable por su esencia

Se pertenece desde que nace a la felicidad o al infortunio, reconoce a sus congéneres, intuye a sus amigos o enemigos, lucha o se esconde en el grupo, u opta por el silencio cómplice; pero el yo siempre es participativo, la individualidad logra su vertebración a través de su forma explícita en la sociedad en cuanto a su existencia, afianzándose como el anillo se lo hace en el dedo, ambos se necesitan, y aunque son dos viven para ser uno.

Los grados de participación son exigencias irrecusables para el individuo, tanto más que ellos ­hablo del poder como tal­ sientan el fundamento para su existencia; ya sea con medidas activas de participación de las cuales no puede sustraerse el hombre bajo regímenes de alto comprometimiento, y aún más en la despersonalizada sociedad que genera el capital que sustrae al subconciente del individuo y lo impulsa en una lucha por sobrevivir a ultranza.

La incertidumbre tanto en la una forma como en la otra de pertenencia, trae un arraigo del desasosiego para el ser humano; en la primera las sociedades socialistas no han logrado descifrar cómo romper el miedo del yo en su vacío; en su individualidad, en la medida en que no existe una correspondencia entre la efervescencia del discurso revolucionario, que se agita dentro del desmantelamiento de la economía nacional fincada en una ortodoxia ideológica que no permite la revisión del método y no comprende las propias circunstancias en que éste existe en cuanto a su naturaleza dialéctica, y que no se excluye de la realidad y no se envanece en la palabra.

Esto no quiere decir que el modo de producción socialista sea excluyente dentro de las necesidades del ser o del yo individual; por el contrario, debe haber una unión dialéctica entre el uno y el grupo; entre el hombre y el Estado, que no se materialice en el convencimiento ilusorio de una realidad sostenida en puntales, sino por el contrario, se geste en una real comprensión de lo beneficioso para la mayoría y se haga carne de la carne de todos aquellos que participan en la sociedad.

La ética en el siglo XX

En el transcurso del siglo XX, se han enfrentado dos concepciones de la ética; la primera es una ética con una perspectiva restringida, y parte de la base de la existencia no de una moral sino de una pluralidad de morales, dependiendo del grupo humano al que se pertenece; la otra es la llamada de perspectiva universal, que se sustenta en un hecho moral único, una moral universal, y que ese hecho moral se fundamenta en un principio básico que es la pertenencia a la humanidad.

La ética universalista basa su principio de existencia en el reconocimiento de la humanidad ajena desde la humanidad propia, por encima de cualquier concepto diferenciador, como puede ser la raza, el sexo, la posición social, etc. Dentro de este punto de vista, la ética ha de buscar lo que los humanos tenemos en común y no lo que nos diferencia y nos singulariza; es más, las diferencias son las que nos hacen parecidos.

Esta ética ha buscado valores compartidos durante el presente siglo, para lo cual excluye la existencia de requisitos de pertenencia a la especie humana, y de esta manera fija principios como aquellos que hacen relación al rechazo de la guerra como medio de resolver conflictos internacionales, la aspiración a instituciones políticas de alcance mundial y la defensa de los derechos humanos, teniendo como fundamento que todo hombre es un sujeto que contiene un mínimo común denominador de demandas razonables a los demás hombres.

La ética universal reconoce que la problemática humana nos hace a todos más semejantes de lo que las divergencias de las culturas reconocen; bajo este supuesto, es necesario identificar que la ética no tiene un razonamiento dado como una axioma matemático, ni tampoco se sujeta a la coacción de los fundamentos legales establecidos en las penas que infiere la ley. La ética jamás podrá ser conceptuada como dogma que separe el bien del mal, debe levantarse sobre el sustento de lo preferible en el campo abierto y único de cada ocasión.

Los valores

Los valores que sustentan al mundo deben sujetarse a aliviar todos aquellos problemas vitales que compartimos en la medida en que nos une una característica básica dentro de nuestra especie que es la mortalidad, lo que sujeta la comprensión de la vida del mundo.

Nuestra pertenencia a la humanidad dentro del profundo caos en que ella se debate, no debe sujetarse a parámetros irreconciliables, sino a un presente y a un ahora que busque y profundice la elevación de la dignidad del hombre, por el hecho básico de ser hombre.

Es un hecho cierto que la Declaración de los Derechos Humanos establece en su prólogo que «todos los hombres son iguales entre sí», pero a manera de antítesis diremos que existen algunos hombres que son más iguales entre ellos que con los otros, lo que rompe el principio mismo de la declaración del documento internacional; lo que demuestra que el afincamiento escrito de un derecho no está dado por el privilegio de su reconocimiento ilusorio, sino por el contrario, de su pragmaticidad real y objetiva; de toda suerte que si bien la ilusión no sobrepasa jamás la realidad, es esta última la que debe sembrar hitos mínimos en los cuales la humanidad exista y se desenvuelva en el aparente caos que ha generado un mundo globalizado e inmisercorde.

De no darse los supuestos antedichos, el caos en que se generó las instancias del poder volverán a repetirse, llegando a límites de difícil discernimiento incluso para los futuristas. Creo como el que más, que en el encuentro del hombre con el hombre, en sus intereses mínimos y máximos que transiten entre el dolor y la alegría, reivindicará la necesidad de una existencia que busque la tan ansiada felicidad, que siendo una quimera no deja por ello de ser una meta.

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