Jueves, 24 de noviembre de 2005

 

Vivir gobernados

Por: Lic. Osvaldo Agustín Marcón
Licenciado en servicio social - Asistente Social Especialista e Minoridad - Mensión Especial Junta federal de Cortes y Superiores Tribunales de Justicia de las Provincias Argentinas

 

ES BUENO ADVERTIR QUE EL CONOCIDO 'dividir-para-gobernar' integra un par indivisible cuyo otro polo podría escribirse como 'dividirnos-para-ser-gobernados'. Ambos términos expresan una condición necesaria para que cursen procesos sociales hacia donde el poder real desea.
Es bueno que quien legítimamente gobierna premedite y conduzca hacia donde su inteligencia se lo indica. Esta indicación debería surgir de una equilibrada combinación entre lo que interpreta que la ciudadanía le demanda y lo que son sus personalisimas convicciones. En tal caso el ciudadano tiende a ser representado. Pero cuando gobiernan poderes ocultos estos, obviamente, no incluyen tendencia a representar al ciudadano. Puede postularse que cuanto más éxito tiene el "dividir-para-gobernar / dividirnos-para-ser-gobernados" la re-presentacion política se raquitiza fortaleciendo la re-presentacion de los grupos económicos.

La suma de fuerzas puede incidir en el poder

La movilización popular actual demuestra como la suma de fuerzas puede incidir en el poder. Jóvenes generaciones descubrieron que la historia no es un proceso blindado al que solo acceden personajes de libros. No obstante debiera recordarse que la genuina experiencia es el ensayo de nuevos actos ante los obstáculos. La participación en las calles vale porque es nueva para muchos sectores ante problemas ya viejos para todos. Entonces, para no hacerse vieja, no debe agotarse en sí misma. El protagonismo en las calles mostró posibilidades donde antes solo se suponía la existencia de limites. Pero la mera participación no garantiza en sí misma transformaciones. Por el contrario, puede forzar el famoso 'cambiar algo para que todo siga igual' sin promover mutaciones profundas (p.ej.: de-montar el 'corralito'). Esta participación exhibe la posibilidad de acceso a un campo antes vedado pero, si se ingresa a el, hay que decidir como circular eficazmente en su interior. Para que la participación sea factor que inter-venga en el poder real debe elevarse a un tipo de participación organizada. Y para que la participación se organice evitando ser víctima de las habilidades del poder oculto tras el poder, requiere de niveles pertinentes de concientizacion.

La perspectiva histórica

No debiera descuidarse el significado de piquetes y cacerolazos en cuanto aberturas hacia niveles superiores de concientizacion. Con el beneficio de la perspectiva histórica será más fácil evaluar sus virtudes y defectos, especialmente para analizar los lugares de unos y otros preguntando:

¿Por qué víctimas de los corralitos por un lado y víctimas de la desocupación por el otro? ¿No expresan en su separación modos desesperados del 'sálvese quien pueda'? ¿No albergan un miedo atávico que en cuanto tal es i-rracional? ¿No resta, tal di-sociación, las fuerzas que son necesarias ante intereses demasiado poderosos? La separación ¿expresa divisiones estratégicas o divisiones sociales de fondo?

Pareciera que la división entre piquetes y cacerolazos se basa en conflictos de integración social que exceden la actual coyuntura y de los que no se tiene suficiente conciencia. Ellos se expresarían inclusive en ordenes diferentes abarcando disyuntivas geográficas (interior vs. Buenos Aires), sociopoliticas (provincias pobres vs. provincias ricas), culturales (culturas mas urbanas vs. culturas menos urbanas), proyectos políticos implícitos (provincias viables vs. provincias inviables), etc. A estas disputas el ciudadano las vive como naturales aunque tal adjetivación no sea demostrable. Por ejemplo, no todas las culturas urbanas que hoy ganan la calle asumen sus responsabilidades en el reparto de manjares y migajas durante el auge del alicaído neoliberalismo que tanto daño las economías regionales.

Falta de conciencia efectiva

Formas de pensamiento único enturbian la mirada que mutuamente se dirigen los argentinos. Por ejemplo, cuesta por igual a ciudadanos porteños y a ciudadanos del NOA reconocerse portadores de potencias pero también de carencias. En lugar del reconocimiento mutuo aparecen marañas de prejuicios. La falta de conciencia efectiva sobre estos dilemas dificulta el avance hacia progresivos momentos de síntesis. Operan fantasías que deben ser desmontadas pues re-tardan el cambio y la evolución de la conciencia. Algunos sectores suponen que es posible lograr un equilibrio global del sistema obviando los problemas de otros sectores que integran su mismo campo. Se actúa sin conciencia de que para que algo cambie a fondo todos debemos cambiar.
El Estado debería favorecer la integración mediante sus políticas sociales. O sea intervenir socialmente de modo tal que se construyan relaciones que sean consideradas socialmente productivas por todos los sectores. El subsidio, la dádiva, el asistencialismo, afianzan aspectos de los mencionados conflictos de integración. Es decir de legitimación de la existencia de unos grupos ante otros de modo tal que ninguno perciba al otro como miembro socialmente parasitario.

Estamos ante la posibilidad de trascender los hechos.

Magia y critica son rasgos que corresponden a niveles sucesivos pero superadores de inteligencia. Es doloroso cursar de uno a otro porque asumirse portador de un pensamiento mágico implica admitir la ausencia de capacidad de critica. Es necesario pasar de la conciencia mágica a la conciencia critica. Pero conciencia critica no es sinónimo de ciudadano criticón, siempre presto a di-vulgar disconformidades inducidas.
El criticón solo repite argumentos de moda. No construye encadenamientos causales. A la conciencia critica se pasa, en gran medida, con conciencia autocritica. No basta con suponer que pensamos (flexión) sino que es necesario pensar sobre lo que pensamos (re-flexion).
Se trata de mirarse, de intervenir, de valorarse, de recoger lo experimentado en este momento histórico, hurgar en sus raíces y realizarlo en valores.
Se trata, en definitiva, de advenir ciudadanos plenos.

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