El metus y la nulidad del matrimonio canónico

Lunes, 23 de diciembre de 2013

 

El metus y la nulidad del matrimonio canónico

Autor: Dr. José Giner

El miedo es el efecto causado por la violencia en el ánimo del per­judicado, aunque muchos autores lo desligan de la violencia y lo conside­ran como un capítulo autónomo. Es ya clásica, la definición, que encon­tramos en el libro IV del Digesto[1] Instantis vel futuri periculi causa, mentis trepidatio: perturbación del ánimo proveniente de un peligro in­minente o futuro. El metus es una aportación del derecho romano, pero tu­vo poca relevancia en el ámbito jurídico, pues cuando se daba en los nego­cios jurídicos, no los anulaba, por la consideración de que la voluntad, aún coaccionada, permanecía con un margen de libertad de acuerdo al aforis­mo: quamvis si liberum esset noluissem, tamen coactus volui[2].

Dice Pietro Boníante, el ilustre romanista: "La voluntad puede ser viciada por violencia material o moral. La violencia moral consiste en amenazas hechas a la persona para inducirla a consentir y también a una parcial realización de aquellas. Sobre la violencia moral se puede decir que no excluye absolutamente el querer. El acto se realiza por temor de verse cumplida la amenaza, pero se ha querido consentir"[3].

Los conceptos -violencia y miedo- tienen una cierta conexión. En cuanto al primero, el sujeto paciente se encuentra totalmente coaccionado y su acto de voluntad inexistente, de ahí que el derecho natural, regula­dor de los actos humanos en general, lo declare enteramente nulo. Tam­bién el derecho positivo canónico lo sanciona: según el c 125/1: "se tiene como no realizado el acto que una persona ejecuta por una violencia exte­rior, a la que de ningún modo se puede resistir". No obstante la vis abso­luta no suele darse normalmente en el derecho matrimonial porque el contrayente presta el consentimiento ante el sacerdote y dos testigos, que se opondrían ante una grosera coacción física, por ej. obligándole a dar un pretendido sí, inclinando la cabeza forzadamente.

Queda, por tanto, como única figura relevante, la del miedo por cuyo influjo, la persona es coaccionada moralmente por otra, que le lle­vará a asentir, cuando en verdad su veredicto es negativo.

En este caso, el matrimonio sería nulo, no por el supuesto de miedo, sino por una causa interna que impide determinarse voluntariamente. De hecho estaríamos ante una anomalía del consentimiento, figura harto distinta del miedo. El derecho natural exige que el consentimiento de los novios sea un verdadero acto humano. Un acto libre y consciente evaluando el cómo y el por qué, sin ninguna intimidación.

El matrimonio es un consorcio para toda la vida, con una serie de obligaciones en el campo jurídico, familiar y moral de enorme trascen­dencia. Hay que vivir la fidelidad, la indisolubilidad, acceder al ius in corpus para procrear; todo ello demanda que el sujeto que se compromete a vivir aquellos deberes lo haga con total libertad, que como principio ge­neral sanciona el Código de derecho canónico en el c 125/2: "El acto rea­lizado por miedo grave injustamente infundido o por dolo es válido a no ser que el derecho determine otra cosa" y añade que "puede ser rescindido por sentencia del juez". Es evidente que el pacto conyugal ?de por sí indi­soluble? no puede ser cancelado por ningún juez humano, pero si el consen­timiento está viciado por miedo, lógicamente aquel pacto es nulo.

Así, el c. 1.103 plantea aquellas condiciones, por las que el miedo puede anular el pacto conyugal. Se insiste en la invalidez de un consentimiento prestado por miedo, no tanto por la injuria referida a las partes que contraen, cuanto al hecho de mantener siempre incólumes la libertad y la espontaneidad humanas en negocio tan grave como es el matrimonio, y que la Iglesia defiende con todo vigor.

Como referencia con la legislación ecuatoriana, el art. 1499 del Código civil declara que la "fuerza no vicia el consentimiento, sino cuan­do es capaz de producir una impresión fuerte en una persona de sano jui­cio, teniendo en cuenta su edad, sexo y condición". El derecho canónico hace un fino análisis psicológico para diferenciar la fuerza del temor. Piénsese además que el temor reverencial, -que de hecho suele ser leve­tiene una seria repercusión en el consentimiento matrimonial, frente a la concepción del código ecuatoriano que no le da ninguna importancia como vicio del consentimiento. Cfr. art. 1499, in fine[4].

Volviendo al derecho canónico, el metus invalidante presenta una serie de requisitos regulados por la ley. Al ser un supuesto subjetivo -por­que se adentra en el animus del sujeto- debe calcular cuidadosamente cuando el miedo alcanza tales características, que puedan viciar verda­deramente el consentimiento. Todos los códigos señalan requisitos, pero esto se hace más evidente en el pacto conyugal canónico, que debe equili­brar, por una parte la presunción de que siempre se debe favorecer al ma­trimonio -el principio favor matrimonii- con la exigencia de la estabi­lidad conyugal, como aserto de derecho divino, resellado una vez más por el Concilio Vaticano II. En la Gaudium et Spes, No. 48, se lee: "Esta íntima unión como mútua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exige una plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble uni­dad"

II. Requisitos del miedo como perturbador del consentimiento

El miedo, como elemento perturbador del consentimiento se da en muchas situaciones jurídicas. En nuestro caso, no basta el hecho de cons­tatar un cierto temor, sino que es preciso puntualizar en concreto unas ca­racterísticas que concurren con el miedo, para que sea relevante en el ám­bito matrimonial.

a) Miedo extrínseco

En una sentencia coram Mattioli[5] al definir los requisitos del miedo, se lee: "un miedo injustamente inferido e inferido verdaderamen­te ab extrínseco, o sea por una causa libre". Esta palabra ab extrínseco indica que ha de ser un miedo que proviene del externo del sujeto, desde fuera, no desde el interior anímico, creado artificialmente con tintes sub­jetivistas por la persona. La razón es dara: los matrimonios, en general, se contraen con un cierto temor interior, cuyo nivel sería imposible de contabilizar. Quien se casa, siempre tiene una cierta presión, pues teme sobre los valores del otro cónyuge o duda de si le ama verdaderamente o si no obró influido excesivamente por el interés familiar, etc. La lista se­ría interminable. Para dejar en claro el concepto extrínseco hay que ser taxativos: una causa libre una persona, por tanto, que lo infunde de un modo positivo y deliberado-en otra persona.

El miedo se produce en el interior del sujeto -a diferencia de la fuerza que siempre es algo exclusivamente externo- pero provocado por aquella realidad externa y libre. Por ello en una sentencia se exige" que el paciente conozca al amenazante o por lo menos tener constancia de su índole personal y violenta; de lo contrario sólo existiría una vana apre­hensión del temor"[6]. Frente a este requisito de extrínseco, se considera el miedo ab intrínseco, que es el que procede de una causa externa natural, como es un naufragio, una tempestad, un incendio, o cualquiera otra cala­midad; también tiene esta consideración el que proviene de una causa in­terna libre, tal el temor sobrenatural de un castigo de Dios y que le lleva a contraer para la tranquilidad de la conciencia; y finalmente aquel miedo que se debe a una causa interna y necesaria, como el concebido por el estado de pobreza o el influjo de una enfermedad. Este miedo no lo toma en cuenta el derecho porque no comporta injuria ni coacción alguna contra el sujeto paciente, ya que no lo produce una persona. De ahí la ne­cesidad imprescindible en recta razón de que todo miedo que influya en el consentimiento he de ser siempre ab extrínseco, que como ya veremos guarda relación con la injusticia.

No obstante, es preciso sopesar bien el tema de la extrinsecidad en lo que se refiere a un miedo causado fuera del sujeto, pues la Rota Romana ha ido subjetivando este requisito y dando relevancia a aquella compul­sión que puede brotar del interior de la persona. En una sentencia coram Abbo[7] se habla "de ciertos impulsos y motivaciones externas que pue­den perturbar de tal forma el ánimo del paciente hasta el punto de con­vertir aquellos males espirituales en males físicos o morales, si no con­trae". De modo que el tono del miedo ab extrínseco se descentra ocupando la región de lo intrínseco, con lo que se resalta el elemento subjetivo.

De un modo similar se centra la figura de la "sospecha de miedo", como de una probabilidad de mal con el que directamente se le amenaza, si es que no asiente al matrimonio. Existe el elemento extrínseco, pero opera ab intrínseco, como sería el caso de un joven que si elude el matrimonio, más tarde se vería privado de la masa hereditaria.

Caso aparte lo merece el miedo causado por temor al pecado o el sufrimiento por la deshonra o remordimientos de conciencia, que suelen darse en nuestro medio, y que por la "presión moral" llevarían a contraer un matrimonio. En una sentencia del año 1973, coram Bruno se lee: "Las amenazas de orden sobrenatural ordinariamente producen miedo ab in­trínseco porque surgen de un arrepentimiento del alma"[8]. De forma que si un sacerdote amenaza con las penas eternas a un joven que ha em­barazado a una menor para que contraiga y aquel lo hiciera no se consi­deraría como miedo invalidante. Un caso tangencial, pero distinto, sería si el sacerdote amenaza con su autoridad para forzar el matrimonio, adentrándose entonces en un temor reverencial, que sí podría anular el matrimonio. En primer caso, no hay amenaza, sino un efecto que surge del interior del joven; en el segundo cabría una verdadera injuria o amenaza.

Otro tema nada extraño en nuestro ambiente imbuido de una pro­funda aura sentimental, es el del miedo por amenazas de suicidio. La chica o el chico que con tono de tragedia advierte al otro que si no se casa, se suicidará.

b) Miedo grave

Vemos que no cualquier miedo anula el matrimonio. Otro requisito concurrente -pues deben darse conjuntamente- es el del miedo grave. La gravedad implica un mal gravemente objetivo, que depende en primer término del mal conminado en sí mismo, con independencia del sujeto. Pero como el metus implica siempre una mentis trepidatio, una verdade­ra conmoción en el ánimo, no se puede olvidar al aspecto subjetivo. Par­tiendo de estas ideas, en la valoración del miedo grave hay que atenerse no sólo a la gravedad del mal inferido y a la seriedad de las amenazas, sino también a la percepción del riesgo por parte del que lo sufre.

El derecho romano consideró la gravedad, teniendo en cuenta la calidad de la persona. El Digesto señala como sentencia de Gayo[9] que Metum autem non vani hominis, sed qui mento et in homine constaniissimo cadat, ad hoc edictum pertinere dicemus. La conmoción que perturba el ánimo se mide por el influjo que causa en el hombre constantissimus: es decir, el de temple, de valor, que no se arredra ni es fácilmente sugestio­nable, pero no obstante un miedo calificado de grave, lo conturbaría: así, el peligro de muerte, la pérdida de la honra o de una considerable ga­nancia, etc. Este miedo se califica también de absolutamente grave.

Al homo constantissimus se opone ?según el Edicto- el homo vanus, el hombre vano, que no es firme, al que una amenaza leve es suíiciente para doblegarlo. En este caso también la doctrina canónica señala un miedo relativamente grave: aquel que hace mella en la persona teniendo en cuenta la edad, el sexo, el temperamento y la fortaleza de ánimo, pues queda claro que el amenazado sufre la conmoción ?no por la objetiva amenaza no tan seria? sino por su propia índole constitucional más débil, lo que le lleva a sufrir un verdadero miedo.

Para San Raimundo de Peñafort por homo constans se tiene a aquel que sólo se doblega por males muy graves. Los recogía en un dístico: cár­cel, muerte, esclavitud, violación, rapto y azotes[10].

También hay que considerar dentro de la gravedad, la seriedad de las amenazas, dejando aparte el mal objetivo en sí mismo (perder la vi­da, mutilaciones, menoscabo en la hacienda personal), pues no es lo mis­mo por ej. la amenaza de muerte proferida por un hombre violento, con temple militar y capaz de cumplirla, que la que proviene de un ser débil o anciano. En el segundo caso serían irrelevantes, pero no en el primero.

Finalmente la persona que recibe la amenaza ha de percibir la pe­ligrosidad de las mismas y que pueda afirmar con certeza que aquellas se realizarán si no contrae matrimonio.

(c) Miedo indeclinable

Nuestro código señala un requisito muy importante para que el miedo sea eficaz, a saber "que para librarse del mal alguien se vea obli­gado a contraer matrimonio" (c. 1103, in fine).

"El miedo ha de ser causa del contrato ?dice Bernárdez Cantón? Si bien este requisito no está enunciado explicítamente por la fórmula legal, la relación de causalidad entre miedo y celebración de matrimonio con­tenida en el propio precepto, sustenta suficientemente la necesidad de este requisito"[11] Dada esta relación de causalidad entre el miedo in­ferido y el consentimiento prestado, ante el dilema de soportar las ame­nazas o el disgusto de los padres o cualquier otro mal, se rinde y acepta el matrimonio impuesto, aunque sea de mala gana. Es la solución para eva­dirse de aquellos males.

No obstante, al ponderar este requisito, la Rota Romana, en gene­ral, se muestra comprensiva. Para que el miedo sea indeclinable no se re­quiere que el matrimonio sea el único medio absoluto o perentorio para eludir el peligro o daño; basta la razonable estimación del sujeto que lo padece, que ?apreciadas las concretas cinrcunstancias? considera en su fuero al matrimonio, como la única solución viable. Si éste se puede evi­tar, por ej. evadiéndose a otro lugar, recurriendo a amigos o parientes, huyendo del lugar material donde le obligan a casarse, indudablemente que ya no estamos ante un miedo inevitable. Pero no, hasta el punto de creer que ese alejamiento físico ya resuelve el problema. Por ello en otra sentencia coram Abbo[12] se plantea el caso de Ana, al que su novio ?bo­rracho empedernido? y la madre de éste le influyen y le presiona para que se case con él, porque la benéfica influencia de la chica era decisiva para curar al joven beodo. Ana "podría huir de algún lugar o apartarse de alguien, pero no pudo evadir la responsabilidad, tan vivamente des­crita por el demandado y su madre, pues cómo dice muy sutilmente la sentencia de 1er. grado, aunque ella hubiera huido, llevaba consigo el temor de la responsabilidad por la degeneración de su novio y su defini­tiva ruina".

El canon 1103 dice que basta un miedo grave, extrínseco para invalidar el matrimonio, "incluso el no inferido de propio intento". Este dato últi­mo debe ser explicado. Hay miedo directo cuando las amenazas o las ac­titudes que crean la conmoción van dirigidas a conseguir un fin: que el pa­ciente contraiga matrimonio. Por el contrario, se dará un miedo indirecto cuando la violencia inferida, sin conminarle a elegir el matrimonio, de hecho le coloca ante la realidad de contraer. Pues bien, con la indicación del canon, se puede invalidar un matrimonio aunque sólo se dé este miedo indirecto.

¿Cómo apreciar la diferencia entre estos dos supuestos? Para que el matrimonio se celebre a causa del miedo, debe constar la aversión al ma­trimonio, ya que psicológicamente una persona que tiene miedo no desea en absoluto casarse y en consecuencia debe mostrar de alguna manera su oposición a aquel. La Jurisprudencia habla de aversión al matrimonio, o más bien al objeto del matrimonio[13]. No se exige aversión o repugnan­cia por la otra parte. Una muchacha puede tener un cariño amical a un joven, pero en absoluto un amor de índole conyugal, lo que la llevaría con todas sus fuerzas a evitar un posible matrimonio. Por el contrario es obvio que si existe una marcada antipatía o repugnancia por una persona, se presume lógicamente la vehemencia por no contraer. Por ello, la aversión se considera como prueba indirecta de que existió miedo. La prueba di-recta es el constatar de hecho las amenazas o la presión indebida.

Para terminar este espacio respecto a la causalidad Metus-Con­sensus exige la doctrina que el miedo debe perseverar hasta el momento de la celebración del matrimonio. Si alguien sufrió la intimidación ini­cialmente, pero después cedió, es indudable que no contrajo a causa del miedo, aunque sí lo haga con algún miedo. Para que persevere la eficacia del miedo, basta que en el momento de contraer, se mantenga el efecto claro y agudo de la amenaza y que exista la aversión al matrimonio, se­gún la regla clásica: "el miedo, una vez inferido, se presume que perma­nece siempre, mientras dure la causa del mismo".

III. El tema del miedo injusto

El cánon actual, el 1103 ha suprimido la frase del miedo injusto, tal como constataba en la anterior legislación. Se habla de miedo injusto, cuando la amenaza inferida al contrayente es injusta o ilegal, es decir la causa libre ?la persona? no tiene ningún derecho a coaccionar, no tiene la potestad moral de influir despóticamente en el consentimiento de otro.

Para González del Valle "la supresión por parte del legislador de este requisito obedece, a que en la cultura jurídica actual, el fundamento del vicio del miedo es la tutela de la libertad personal, tutela que es es­pecialmente delicada en el caso del matrimonio, al margen de que exista o no una amenaza" [14].

De acuerdo al derecho romano, el metus actuaba como vicio del consentimiento si provenía de una determinada amenaza. Se configuró así como intimidación de tipo penal, para cuya protección el Pretor, con su poder discrecional, instituyó la Actio quod metus causa para defender a la persona sometida a aquella tropelía, pues era una fuerza injusta. En un contrato viciado por este miedo, se imponía como castigo devolver el cuádruplo del valor[15].

En el matrimonio canónico, el metus abandonó aquel carácter penal y se configuró con una tónica civil de intimidación injusta. Al suprimirse ahora esta nota de injusticia ya no importa que el miedo sea una amena­za -que siempre es ilícita- sino que se presenta como un vicio del consen­timiento que adquiere valor con tal de que sea grave y extrínseco. Sin embargo, el derecho canónico sigue exigiendo en otras figuras el requisito del miedo injusto. Así el c. 191/3 "Es nulo ipso iure el voto hecho por miedo grave e injusto, o por dolo"; también el c. 125 "El acto realizado por miedo grave injustamente infundido..."; o el c. 188: "Es nulo de dere­cho la renuncia hecha por miedo grave injustamente provocado..."

El derecho canónico tradicional diferenció la injusticia "en cuanto a la sustancia" de aquella otra "en cuanto a la forma o al modo". Se da la primera, si el mal con que se amenaza es enteramente ilícito y, por tanto el sujeto paciente no lo merece. En cambio, es injusto en cuanto al modo, si se viola la justicia en la forma valiéndose del fraude o dolo, exigiendo sin derecho el matrimonio con la amenaza de un mal determinado. Según esto, al tratarse de un requisito que se sitúa en una cierta legalidad o ile­galidad, compromete el sentido estricto de lo justo o de lo injusto, que se referiría a una violencia ejercitada de un modo no concorde con la ley. En resumen habrá injusticia si se violan normas objetivas de derecho natural o de derecho positivo divino o humano, eclesiástico o civil[16]. Un ejemplo aclara este tema: una persona ofendida puede amenazar a otra con el ejercicio de acciones penales, si no contrae matrimonio porque el muchacho ha dejado embarazada a la hija. El padre le amenaza con acusarle como violador si no se casa con su hija. En este caso el miedo es netamente injusto, porque el derecho da acción para purgar un delito o conseguir una sanción económica, pero sería netamente injusto utilizar a­quel derecho como arma para constreñir un consentimiento matrimonial.

Cabe, por último, señalar que la omisión de este requisito se debe a que la injusticia está contenida en el carácter extrínseco que se exige para que el miedo sea invalidante. Ciertamente la doctrina clásica consideró que el miedo justo, el legal es siempre intrínseco, pues no procede de una persona libre, que amenaza, sino que es la ley por sí misma la que infiere aquel miedo. La razón es evidente, pues quien teme a la ley, a sí mismo se infiere el miedo de acuerdo al aforismo: qui timet legem, sibimetipsi in­feret metum, que es intrínseco. En consecuencia el miedo invalidante por ser extrínseco, es siempre injusto[17], pues solamente el miedo que proce­da de una causa extrínseca y libre ?es decir, una persona? es la que puede inferir una injuria formal.

 

Dr. José Giner

Vicario de Justicia de la Arquidiócesis de Guayaquil

R. Jurídica Online de la Universidad Católica Santiago de Guayaquil



[1] Fr I, D IV, 2, Ulpiano)

[2] D IV, 2, 21, 5

[3] Manuale di diritto romano. P. Bontante. Torino 1946 p. 96.

 

[4] Cf r. Derecho Matrimonial. Juan Larrea Holguín. Quito 1973, p. 88 y ss.

[5] SRRD, XLIX, p. 798. 276

[6] SRRD, coram Fidecicchi, 20, III, 47, v. XXXIX, p. 309.

[7] SRRD 12 VI 67, vol. LIXp. 548.  

[8] SRRD (9 II 73, vol LXV p. 73. 278

[9] D. IV. 6 Gai ad Edictum Provinciale.

[10] Summa de Poenitentia 1, 1, tit. 8/6.

[11] Bernárdez Cantón. Op. cit. p. 154.

[12] SRRD, coram Abbo, 12-VI-67, vol LXIX p. 582.

[13] SRRD coram Staffa, 29-11-60, vol. LII, p. 133.

[14] Derecho Canónico Matrimonial. José M. González del Valle. Pamplona 1983, pág. 35.

[15] D IV, Ulpianus 14, par 15. 284

[16] SRRD coram Bejan, vol XLIX (1957) p. 685.

[17] SRRD, coram Pinto, 8-1-70, vol LXII p. 14.

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