Alegato contra el populismo

Lunes, 27 de julio de 2015

Derecho Político

Alegato contra el populismo

 

Críticas al modelo político de la demagogia, le simbolismo y el malgasto del erario público. Similitudes entre la Italia fascista, el peronismo en Argentina y el chavismo venezolano. La seducción al pueblo versus la necesidad de reconstruir la trama social y producir un cambio cultural.

Autor: Pablo Rossi*

Tiene la fisonomía de la manzana envenenada reluciente y apetitosa por fuera hasta el primer bocado: el corto plazo, en el júbilo inicial del hambriento. Es el momento en que otorga soberanía simbólica y discursiva ?al pueblo?. Pero se torna alimento chatarra, tóxico y contaminante a largo plazo, cuando termina arrasando con libertades individuales, con anticuerpos legales y con el equilibrio básico de poder en una república. En el final siempre se desmorona amargamente, multiplicando el despilfarro económico que lo volvió popular para la mayoría justificante que le abrió las puertas del poder.

¿De qué fenómeno estoy hablando? Del populismo, un virus multiforme convertido en pandemia. Formidable agente transmisor e incubador de corrupción y de autoritarismo en todas sus variantes. Ilusorio vehículo de prosperidad que consolida el empobrecimiento crónico como herramienta de dominio. Excusa fácil del demagogo, instrumento tentador del cínico para empoderarse y saquear en nombre del pueblo. Pero, fundamentalmente, una tara cultural que destruye valores a su paso, socavando cualquier principio básico de responsabilidad individual frente a las consecuencias de los actos propios.

El populismo es una deformación utilitaria del campo popular a favor de una oligarquía de dirigentes que se apropian del símbolo ?pueblo? para usarlo como patente de corso en función de sus intereses y ambiciones. Representa un abuso de sentido y una perversión política como cultura autoritaria de poder. Lo que la demagogia es para la democracia, una degeneración de las relaciones libres entre los ciudadanos y el Estado, que muta en extorsión crónica del líder sobre la carencia del necesitado.

De allí que le primer propósito de este nuevo alegato es hacer una biopsia simbólica pero inequívoca en el cuerpo social infectado. El momento es ahora, cuando el ciclo populista está sucumbiendo  en una guerra de facciones internas que lo desnudan, envuelto en sus mentiras insostenibles, en sus estadísticas falsas, en sus auto -alabanzas estériles, en la explosión de sus abusos institucionales, en el extremo de su temeridad política y de su fracaso económico.

Este no puede ser otro que un trabajo preventivo para extraer e identificar el ADN que permitió la animosa propagación populista. Aceptar y entender el atractivo encanto que produce para millones de personas que lo abrazan con legítima convicción o mera conveniencia.  Su justificación militante con expresiones de fanatismo cuasi religioso. Entender la alquimia que se establece entre su poder de seducción distributiva  y de destrucción institucional.

Lo que propongo no es otra cosa que una tarea sanitaria que permita esclarecer el protocolo de acción frente a una septicemia cultural que debilitó nuestra democracia y nos enfermó a todos.

Hoy, cuando las evidencias se vuelven asfixiantes, cuando los conversos ejercitan sus mejores saltos para desconocer aquello que justificaron a viva voz, cuando parte de la sociedad observa con pavura aquello que aprobó, votó, convalidó en silencio o disfrutó sin cuestionamiento alguno. Cuando ya no quedan ni las migajas de lo que se repartía dadivosamente como maletín de malhechores  supuestamente justicieros. Cuando el identikit de los delincuentes se parece demasiado a ciertos rostros que nos gobiernan? solo nos queda el esfuerzo titánico de la reconstrucción.

Nos debemos un inventario del robo organizado, de las falsificaciones utilizadas, de las instituciones pervertidas, de los métodos usados para la cooptación  de voluntades y de las divisiones sociales promovidas con fines de lucro. Es urgente establecer la toxicidad de la herencia que deja el ciclo político que se resquebraja sacudido por espasmos de su propia violencia. Es imperioso recuperar el oxígeno de  la paz y el espacio natural de la convivencia en diversidad.

Es tiempo de despintarse los rostros y salir de las trincheras que cavamos para una guerra promovida por alquimistas del rencor en beneficio propio.

El populismo es, por naturaleza, antiliberal.

Necesita inventarse ?un Pueblo? y un líder a su medida, con discurso hegemónico y simbología propia para fusionar y subordinar en él a todos los individualismos autónomos que se atrevan a cuestionarlo. En su expansión procura alcanzar el tono y la apariencia de una nueva religiosidad secular, donde no hay adherentes sino fieles, donde no hay suscriptores libres son víctimas, heridos y ciudadanos con algún resentimiento redituable sometidos por algún tipo de Mal a combatir.

Justamente en los últimos 20 años de la historia latinoamericana un tipo especial de populismo ha proliferado en sociedades quebradas y decepcionadas con las democracias liberales que, entre la corrupción o el contubernio del sistema de partidos políticos, debilitaron el funcionamiento de las instituciones y la creencia de la ciudadanía en sus virtudes.

Allí, como se ha dicho, medra el líder populista. Aparece desde la cenizas de esos incendios para reivindicar la representatividad de los malheridos, los  sufrientes, los parias de un modelo de sociedad que se volvió hostil contra sí misma e inhabitable para su pueblo.

La promesa de manual del líder populista es restaurara el orgullo, devolver la dignidad, recomponer la cohesión comunitaria perdida tras haber encontrado ?o retomado-  ?el buen camino? que solo el líder conoce o es capaz de transitar como guía de ese rebaño asustadizo y anarquizado por el fracaso. A cambio, pedirá lealtad, obediencia de los preceptos fijados como reglas propias y defensa incondicional frente a los ?otros?, aquellos que no acepten con sumisión  o silencio el predominio de ?la hora del pueblo?.

Así se conforma el núcleo básico del discurso populista que, en la medida en que vaya obteniendo consenso mayoritario de la mano de beneficios económicos reparadores ?generalmente en forma de subsidio directo-  a sus fieles, agudizará el tono cuasi religioso de su misión y el maniqueísmo frente a quienes lo rechacen o pretendan establecer relaciones de paridad, límites o control de su expansión. El fin último de la homogeneización de la sociedad bajo la férula del discurso y de la acción coactiva. Por convencimiento genuino o por la fuerza.

Es al vía que siguieron muchos regímenes del siglo XX que corroboran al repetición del método. Un menú que va desde nacionalistas carismáticos cohabitando con débiles reglas republicanas hasta simples déspotas o dictadores convertidos en  verdaderos asesinos seriales.

¿Qué pudieron tener en común ?sin olvidar particularidades históricas y contextos diversos- la Italia fascista  de Mussolini con la dictadura de Salazar en Portugal; el recorrido de Primo de Rivera en España, la guerra civil que desemboca en el franquismo con la irrupción del peronismo en Argentina; la preeminencia nacionalista de Getulio Vargas en Brasil o la larga vida del Partido Revolucionario Institucional (PRI) con el emblemático  actual chavismo venezolano?

Respuesta tentativa: la fórmula repetida que parte de un núcleo duro de pulsiones populistas, un ADN común que logra desarrollos diversos según las características del ecosistema social y las condiciones objetivas e histórica donde se desarrollaron esas experiencias.

Y es justamente en ese núcleo celular de la génesis populista el lugar desde donde se pueden extraer las muestras de laboratorio para entender las claves de su desarrollo posterior. En esa exploración, creo que ?la acción maniquea? ?entendida como voluntad política de dividir el campo social, económico, político y cultural bajo las categorías de El Bien  El Mal-  es el elemento primordial de la operación populista, el norte a seguir y la atmosfera indispensable para dar vida a su ambición.

Para los adoradores y apologetas ?el caso de Ernesto Laclau (1935-2014), teórico argentino post marxista autor de ?La razón populista?- no hay liderazgo revolucionario y transformador sin ese planteo de confrontación y antagonismo llevado a la máxima expresión posible para construir poder real. Claro que desde la comodidad algo irresponsable de sus burbujas teóricas ?que convocaban a la concreción material de un revolucionario populismo latinoamericano- no debieron (o no quisieron) reparar en el profundo daño que ese método netamente utilitario puede llegar a infligir en el tejido social a largo plazo.

Y allí está la trampa al desnudo. El populismo es también, por definición, corto plazo y efectismo en el puro y presente, aunque sus líderes sueñen con la perpetuidad y la coronación de la historia. Su duración suele depender exclusivamente del tiempo en que tarda el voluntarismo en malgastar recursos económicos  que luego no puede reproducir mediante generación de riqueza genuina bajo reglas mínimamente equitativas.

La mayor paradoja de la celada populista  es que, si bien su lógica es puro presente, corto plazo y despilfarro, sus efectos corrosivos, tanto en el plano educativo- cultural como en el económico político, perduran largo tiempo y las heridas causadas por el enfrentamiento social en el tejido comunitario cicatrizan  con lentitud. Una tardanza que el mundo líquido y veloz que nos toca protagonizar no perdona ni excusa.

Por lo tanto, las sociedades abrazadas a populismos retardatarios en pleno siglo XXI corren más riesgos de desintegración y colapso en plazos más cortos.

 

*PERIODISTA. Autor de ?Populismo, Nunca Más- Alegato por la República? (El Emporio Ediciones).

 

 R. Noticias. Buenos Aires- Argentina.- Autorizado para esta  R. Judicial.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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