Ecología política y derechos de la naturaleza
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Autor: Universidad Andina Simón Bolívar (Basado en la investigación y ponencia de Carlos Mora)
Históricamente, la gestión medioambiental y la producción normativa se han concentrado en proteger dos de los tres pilares de la salud ecosistémica: el agua y la tierra. El aire, sin embargo, ha quedado relegado. Hoy, la atmósfera —específicamente la mesósfera, vital para nuestra bioquímica— exige dejar de ser vista como un simple espacio vacío para ser reconocida bajo una nueva categoría jurídica: un sujeto de protección con valor intrínseco.
El norte global vs. el sur global
El problema de la contaminación atmosférica no es nuevo, pero su impacto está profundamente marcado por la desigualdad geopolítica. Aunque la Tierra es un globo, los impactos climáticos no se distribuyen de forma esférica y equitativa.
Los países del Norte Global, altamente industrializados, son responsables de gran parte de la contaminación global (incidiendo negativamente en un 67% sobre el Sur Global). Sin embargo, son las poblaciones del Sur las que presentan los mayores niveles de vulnerabilidad y mortalidad.
Un vistazo a los índices actuales de calidad del aire revela una profunda paradoja: capitales del Norte como Washington y Berlín mantienen calidades de aire óptimas (menos de 0.5 micras de material particulado), mientras que ciudades en el Sur o en vías de desarrollo, como Riad, Nueva Delhi, El Cairo, Bogotá o Lima, enfrentan crisis respiratorias crónicas. En el caso específico de Ecuador, las cifras son alarmantes: 1.771 personas mueren anualmente por enfermedades causadas por la contaminación atmosférica, incluyendo a decenas de niños.
Sabiduría ancestral
El Derecho Ambiental tradicionalmente ha abordado el aire desde una visión puramente antropocéntrica: lo cuidamos porque los humanos necesitamos respirar. Sin embargo, la ecología política propone reconocer que el aire tiene un valor intrínseco. De hecho, a nivel biológico, el aire cumple con los estándares para ser considerado un ser vivo:
- Metabolismo: Intercambia gases constantemente con seres bióticos y abióticos.
- Crecimiento: Incrementa y disminuye su densidad dependiendo de factores físicos.
- Reproducción y regeneración: A través de la fotosíntesis y el fitoplancton marino, está en una constante regeneración.
- Homeostasis: Mantiene un equilibrio vital permanente, compuesto por un 78% de nitrógeno molecular y un 21% de oxígeno molecular.
Esta concepción biológica empata perfectamente con la cosmovisión ancestral, que entiende al aire como una entidad viva, una energía conectora entre los seres y un elemento con propiedades curativas.
Los derechos de la naturaleza
La Constitución del Ecuador de 2008 marcó un hito al otorgar derechos a la naturaleza, reconociendo tres pilares fundamentales: el respeto integral de su existencia, el mantenimiento de sus ciclos vitales/procesos evolutivos, y su regeneración.
A pesar de este mandato constitucional, ¿se respetan los derechos del aire? La respuesta es no. Actualmente, la atmósfera es utilizada como un sumidero industrial. Sus ciclos vitales han sido alterados, originando una ruptura del equilibrio climático global. La legislación ambiental sigue tratando al aire como un territorio en disputa entre el Estado (que otorga licencias), las industrias (que contaminan) y las comunidades (que respiran).
¿Importa la ley o la geografía?
Para entender cómo el debate jurídico se articula con la mitigación real de la contaminación, es imperativo analizar el problema desde un cruce entre el derecho, la economía y la geografía. Un estudio exhaustivo sobre la gobernanza atmosférica requiere:
- La cuantificación del rigor normativo: Transformar el derecho en datos medibles. Por ejemplo, asignar valores a los marcos normativos de distintas ciudades: una ciudad sin ordenanzas claras recibe un “0”; una que se alinea con los estándares de la OMS recibe un “3”. Lo mismo aplica si la Constitución de un país reconoce a la naturaleza como sujeto de derechos o si aplica el principio precautorio frente a licencias industriales.
- El contraste geográfico vs legal (el caso Latinoamericano): Analizar ciudades como Quito, Santiago, Bogotá y Lima revela datos fascinantes. Físicamente, a mayor altitud, debería existir mayor contaminación atmosférica por la falta de oxígeno. Bajo esta lógica, Quito y Bogotá deberían ser las más contaminadas. Sin embargo, Lima supera a ambas en polución. Esto demuestra que el factor geográfico no es absoluto; la incidencia de marcos normativos más estrictos y el reconocimiento de derechos ambientales (como en el caso de Quito) sí logran frenar el deterioro atmosférico.
- El enfoque etnográfico y cualitativo: El análisis no puede quedarse en el papel. Es necesario medir el impacto real a través de técnicas como el monitoreo del declive de insectos en zonas industriales o la proliferación de hongos en los árboles urbanos, cruzando esta información con el discurso jurídico y la conflictividad socioambiental en los territorios.
Hacia una nueva ecología política
Autores fundamentales de los Derechos de la Naturaleza (como Cormac Cullinan, Christopher Stone y Donna Haraway) y pensadores de la ecología política latinoamericana (como Eduardo Gudynas y Arturo Escobar) marcan el camino a seguir.
La propuesta es clara: el Derecho Ambiental debe transitar de su actual enfoque permisivo —donde el aire es solo un “servicio ambiental” humano— hacia una reconceptualización del aire como territorio sin fronteras. Es un componente vital de la Pachamama del cual dependemos no solo nosotros, sino una vasta cantidad de seres no humanos. Reconocer jurídicamente al aire como un territorio y un sujeto de protección no es una utopía académica, es una urgencia de supervivencia global.
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